Una historia de valor

Por: Julio Álvarez

«Yo no vine a matar a nadie, yo vine a morir por Puerto Rico.» Estas fueron las palabras de Dolores Lebrón Sotomayor, conocida como Lolita Lebrón al ser arrestada por perpetrar el histórico ataque al Congreso de Estados Unidos un día primero de marzo de 1954.

Era la única mujer en un grupo de 4 revolucionarios puertorriqueños compuesto también por Rafael Cancel Miranda, Irving Flores y Andrés Figueroa que dispararon al grito de: «¡Viva Puerto Rico libre!»

Dispararon al techo, porque su objetivo no era persona alguna sino dejar saber al mundo de  forma visible e inolvidable la inconformidad y el disgusto de los puertorriqueños con la condición de subordinación colonial sufrida por nuestro país.

Dos años antes, en 1952 se había consumado lo que uno de los líderes del Partido Popular de entonces, Vicente Géigel Polanco había denominado: «La Farsa del Estado Libre Asociado». Estados Unidos seguiría reteniendo poderes plenarios sobre Puerto Rico incluyendo la facultad de decidir quién entra y sale de nuestra propia tierra. 

La Constitución del llamado ELA tuvo que ser sometida al Congreso de Estados Unidos para que la revisara, mutilara y finalmente aprobara antes de que los puertorriqueños pudieran votar por ella. Toda una sección sobre derechos laborales había sido eliminada. Puerto Rico permanecería dentro de la cláusula territorial. Numerosas legislaciones  federales y disposiciones del Gobierno norteamericano seguirían imponiéndosenos de forma unilateral  sin consultarnos. Desde ese momento Estados Unidos ha acudido al  Comité de Descolonización de las Naciones Unidas para reportar que ya no rendirá informes sobre su colonia en Puerto Rico porque había dejado de serlo.

Frente a esa humillación, como la describió posteriormente Rafael Cancel Miranda, el Partido Nacionalista de Puerto Rico redobló sus esfuerzos. Querían llevar un mensaje al mundo aunque les costara la cárcel y la muerte. Lolita Lebrón, por ejemplo, cumplió 25 años en prisión aunque la sentencia original había sido la pena de muerte. Temía el presidente Eisenhower que ejecutar a los nacionalistas pudiese exacerbar más el coraje y las guerrillas en Puerto Rico.

El gesto del 1 de marzo de 1954 debe inspirar el respeto de todos más allá de diferencias o preferencias políticas. Los 4 revolucionarios sacrificaron su juventud (Rafael Cancel Miranda tenía 23 años) y canjearon su propia libertad por la de su pueblo, incluyendo a sus detractores. Y esa libertad no ha llegado todavía.

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