Escultura de la justicia

Prof. Lourdes Medina, MBA

Especialista en Filosofía, Educación, Sistemas de Calidad, Recursos Humanos y Mercadeo

¿Quién no ha quedado asombrado/a ante la hermosura de una obra de arte?  Yo también amo el arte en todas sus expresiones.  En estos días contemplé la escultura que simboliza la justicia y me remonté a la antigua Grecia.  Pensé en Aristóteles y en varias teorías políticas de los antiguos filósofos.  

Aristóteles sostenía que el ser humano no podía alcanzar virtud fuera de la “polis”.  Polis significa comunidad o ciudadanía y la virtud es lo que nos conduce a la felicidad.  Afirmaba que el bien siempre se desea de manera individual, pero cuando se hace colectivo, el Estado se reviste de lo más bello.  En su ética de las virtudes enfatiza la prudencia como esa virtud intelectual que nos permite saber cuál es el bien individual, o cuál  acción es el justo medio para todos.  La visión aristotélica observa al ser humano como ese ente sociable que practica la vida contemplativa, libre, racional y virtuosa.  Persigue la felicidad y practica el bien.  Es aquel ser  que busca satisfacer sus necesidades materiales y afectivas sin caer en excesos que puedan limitar su libertad y a la vez desarrolla ese potencial que le permite vivir auténticamente.  Lo logra dedicándose a la búsqueda del conocimiento, al ejercicio de la inteligencia y a través  del diálogo y llevando una vida teórica y virtuosa. 

Al contemplar la escultura de la justicia pensé en la significación de todos sus símbolos, pero algunos llamaron más mi atención que otros.  La “Justicia” se presenta descalza aplastando la serpiente.  Sus pies desnudos describen su presencia en un terreno sagrado donde se debate entre el bien y el mal.  Aplasta la serpiente; que simboliza el mal y la injusticia y muestra su espada que castiga con severidad.  Sus ojos vendados muestran sabiduría, pues no desea dar paso al desorden y a la oscuridad que provoca este sentido cuando nubla la razón.  Detuve mi mirada por más tiempo frente a la balanza que sujeta en su mano.  Logra balancear el peso entre la derecha y la izquierda logrando neutralidad e imparcialidad.  Cuando logra un juicio imparcial, mira ambas partes con igual importancia, busca dictar sentencia ejercitando la prudencia y consigue el bien común.  Así logra la justicia.

Imagen que contiene parado, tabla, agua, grupo

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  Nuestro pueblo vive sediento de justicia.  Hemos sufrido intensamente las diversas vicisitudes que nos presenta esta vida finita.  Nuestra aflicción aumenta cuando nuestro gobierno nos oprime.  Nos deja caminando en un callejón sin salida y coarta nuestros deseos más íntimos de auto realización.  Muchos que han querido encarnar el papel de Gobierno, ¿se han convertido en la escultura de la Justicia?  Lo que sí sabemos es que cuando se quitan la venda de sus ojos, se corrompen en el poder.  Aquí se hace presente la paradoja.  Al quitar la venda de los ojos, no pueden ver la luz.  Nublan la mirada del corazón que ilumina la conciencia.  La parcialización hunde hacia un lado de la balanza y se vicia el juicio.  No hay equilibrio.  

En lo más profundo de nuestro corazón está el impulso que nos mueve.  Si en esa fuerza interior, reside la consideración al disidente, andamos por buen camino.  Ese ciudadano/a llora igual que nosotros/as y busca también una manera de solucionar los problemas que nos aquejan.  Navegamos por aguas turbulentas buscando pisar terreno firme. Deseamos contemplar la belleza de la luna y la luz de un nuevo amanecer que nos brinde esperanza.  

En la fuerza ciudadana encontramos un alcance poblacional muy amplio que busca vivir en armonía.  Viven con heridas en su corazón y buscan cura en un mundo lleno de posibilidades.  Desde  quien busca entretenerse en algún concierto de rap en el coliseo de Hato Rey hasta quien practica el Hare Krisna del hinduismo en Cupey.  Este último trazó su vida sobre un ideal metafísico que brindó sentido a su existencia.  Para todas y todos la figura de la justicia alza su mano buscando equilibrio.  El Estado no desea inclusión directa de la Iglesia en el manejo del estado, pero tampoco la Iglesia desea que el Estado trasgreda la libertad de culto que cubre su cuerpo eclesial.  Entonces, ¿cómo se puede lograr un consenso?  La tarea de un gobierno no es nada fácil, lleva consigo el peso decisional que marca el destino de nuestras vidas.  

Aristóteles creía en la política partiendo de la premisa que el gobernante podía actuar con rectitud de intención.  También entendía que si cada persona decidía emprender el camino de la virtud, todos unidos en la ciudad transformarían su modo de vivir.  Definitivamente, este filósofo antiguo nos sigue avivando el pensamiento.  Si  la ciudadanía buscara con sinceridad la virtud de la sabiduría, podríamos alcanzar la felicidad, bien supremo de las acciones humanas.  El consenso surgirá cuando nuestro mandato imperante sea el ejercicio de la prudencia y la imparcialidad como núcleo de la ética. 

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