Las elecciones del 2020 y el dilema existencial de los EE. UU.

Por: José E. Muratti Toro

El pasado 3 de noviembre, el 52% de los electores terminó el mandato de Donald Trump. Ese mismo día, él reiteró su reclamo del 17 de agosto pasado de que si perdía, las elecciones habían sido fraudulentas. Ese intento por invalidar los comicios desembocó, el 6 de enero, en un fallido intento de auto-golpe de estado en el Capitolio que desconcertó y enfureció a gran parte del país.

Las muchas reseñas noticiosas sobre el asalto al Capitolio revelaron insurrectos, muchos sin mascarillas y otros vestidos con indumentaria militar, varios de los cuales buscaban al vicepresidente y a la presidenta de la Cámara para ejecutarlos. La reacción de incredulidad, rabia e indignación del Partido Demócrata, de los sectores centristas y liberales, de múltiples portavoces de las fuerzas armadas pasados y presentes, y de las agencias policiales y de inteligencia, no se hicieron esperar.

El Partido Republicano, sin embargo, demostró su complicidad con el silencio. Solo diez de sus congresistas co-firmaron un único artículo de residenciamiento, redactado por la Cámara de Representantes contra el presidente, por “incitar violencia contra el gobierno de los Estados Unidos”. El resto ha declinado comentar, ha culpado a los liberales y/o reclamado que el residenciamiento fraccionaría irrevocablemente una nación indudablemente dividida entre los demócratas, liberales y una minoría republicana anti Trump, por una parte, y una mayoría republicana que lo apoya, por otra.

Se ha descubierto durante las pasadas semanas que al menos tres congresistas republicanos y/o empleados suyos supuestamente ayudaron a planificar la invasión al Capitolio mediante “tours de reconocimiento” con los sediciosos. Algunos de estos habían intentado secuestrar a la gobernadora de Michigan. Otros son militares, ex militares y miembros de agencias policiales. Para la fecha del 20 de enero, se habían realizado 275 arrestos y continuaban las investigaciones de varios cientos más. Y esta semana que acaba de pasar ha salido a la luz pública que altos oficiales del Pentágono se resistieron a movilizar a la Guardia Nacional para proteger el Capitolio.

Por su parte, Mitch McConnell, el presidente del Senado, no solo recibirá el artículo de residenciamiento sino que ha concedido que la turba que invadió el Capitolio fue espoleada por el expresidente. Esta movida prácticamente augura su condena, y le impediría volver a postularse para cualquier puesto federal.  De esta forma, McConnell se desquitaría de él por haberle hecho perder la presidencia del Senado, recobraría a los donantes corporativos que han amenazado con no patrocinar a los republicanos que apoyaron al expresidente, rescataría el Partido para los políticos de carrera que Trump emasculó al ganarse el favor de la base en contra del “establishment” republicano y, para todos los efectos, lo proscribiría del Partido para siempre.

La inauguración de Joe Biden y Kamala Harris fue un grandioso espectáculo de dignidad, optimismo y diversidad. Celebró la primera elección de una mujer afro e indo-descendiente a la vicepresidencia, de un senador negro y uno judío por Georgia, la designación del primer senador latino de California y el primer presidente judío del Senado en la historia de la nación. A pesar de que una mujer negra se postuló para vicepresidenta en 1972 y una italo-estadounidense en 1984, no es hasta el 2020, a 155 años de la Emancipación y 100 después de alcanzado el derecho al voto de la mujer, que se eligen estos representantes de sus respectivas minorías.

Trump representa la culminación del esquema corporativo que desangra a la clase trabajadora y al propio gobierno para maximizar ganancias. Su carismático discurso racista ha convencido al 48% de los votantes de que solo él puede salvar la “cultura blanca” estadounidense de la marginación y miseria que sienten los blancos pobres, no educados y desfavorecidos.

La elección del 2020 representa una renovada esperanza para los EE. UU. de alcanzar los principios contenidos en su Declaración de Independencia y su Constitución, de que todos los seres humanos son creados iguales y tienen el mismo derecho a la felicidad.    

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